viernes, 9 de julio de 2010


Hace un calor infernal.
Limpio y ordeno mi habitación interior con vistas a la escalera. Hago cambios, voy lo más desnuda que puedo.
Meto la ropa de invierno en maletas; pongo lavadoras.
El sudor aparece por todo mi cuerpo en forma de minúsculas gotas enganchadas a mi piel, a mis poros, a los pequeños pelos que se me erizan de vez en cuando. La camiseta se me pega a la espalda y sudo en pico, como en las películas. Barcelona es así, el aire es denso y apenas corre en mi habitación.

Pero luego vendrá la noche, la leve brisa; la vida.
Pero luego vendrá la calma y las risas y los llantos y las terrazas y la moto y el no te vayas.

Empiezo a despedirme, poco a poco. Ya estoy curtida, pero siempre da un poco de pena.
Y en realidad me alegra quedarme en Barcelona en agosto, con su insoportable todo.

Como en los viejos tiempos.